
— Y sin embargo Laffemas…
— ¡Lo necesito! -gruñó el cardenal-. Y mientras sus servicios sigan siéndome útiles, no dejaré que lo toquéis.
— Sí, sí, le llaman el verdugo del cardenal -replicó François con amargura-. No debe de ser fácil de reemplazar.
— Oh, por lo que respecta a esa clase de trabajo, siempre es posible encontrar a alguien, pero Laffemas posee otras cualidades. Entre ellas, ¡que es honrado!
— ¿Honrado? -dijo Beaufort, que esperaba cualquier cosa menos ésa.
— Incorruptible, si lo preferís. Es mío, y nadie, ni siquiera al precio de la mayor fortuna, podría comprarlo. Quizá se deba a su ascendencia protestante, pero los hombres así son escasos. Su padre fue un buen servidor del Estado, y también él presta grandes servicios.
— ¿Acaso fue por orden vuestra que secuestró a Mademoiselle de l'Isle?
El cardenal dio un nuevo puñetazo contra la mesa.
— ¡No seáis ridículo! Esa niña vino aquí a implorar justicia para su padrino, y yo la escuché favorablemente. Al acabar la visita, la confié a uno de mis guardias para que la acompañase hasta su coche. El teniente civil actuó por iniciativa propia cuando pidió al señor de Saint-Loup que le cediera el puesto.
— Eso quiere decir que no siempre obedece.
— No desobedeció, puesto que yo ignoraba su presencia aquí. Es preciso que os decidáis, señor duque. Mientras yo viva, os prohíbo que le persigáis. Después, obrad como mejor os parezca.
— ¿Podrá continuar asesinando a pobres mujeres en las calles de París las noches de luna llena?
Richelieu se encogió de hombros.
— Por su cuenta y riesgo. De noche todos los gatos son pardos, pero aun así hablaré con él. Por lo demás, quiero vuestra palabra de gentilhombre de que no intentaréis nada antes de mi muerte. Es posible, en efecto, que esas infelices encuentren un vengador surgido de las sombras. ¡Me disgustaría acusaros a vos, o a uno de vuestros hombres!
