Brillet desconfiaba de las mujeres, no bebía, comía lo estrictamente necesario, rezaba mucho, conocía la Biblia como un protestante y no perdía ocasión de citar los Evangelios. Pero todo eso no le impedía tener tan mal carácter como su colega. De hecho, los dos jóvenes, de veintitrés y veinticuatro años, únicamente estaban de acuerdo en un punto: su devoción absoluta y enteramente desprovista de envidias por el joven duque.

— Richelieu no me ha mandado a la Bastilla, pero poco ha faltado. ¡Sólo me ha dejado libre a cambio de mi palabra de no atentar contra la vida de Laffemas hasta que él mismo haya dejado este mundo! Me siento un poco avergonzado de mí mismo…

— ¡No hay por qué! Yo habría hecho lo mismo. Dicen que la venganza es un plato que sabe mejor si se comefrío…

— Brillet te diría que la venganza pertenece al Señor.

— Lo diría, sí, pero no lo creería. Vuestro encarcelamiento no habría beneficiado a nadie y habría indignado a demasiada gente.

— No es suficiente motivo. No sé si algún día llegaré a faltar a mi juramento. ¿Lo has visto hace un instante? ¡Basta con ver el aspecto de ese miserable para volverme loco!

— Calmaos, mi príncipe, y escuchadme un momento: ¿habéis jurado a Richelieu no matar a su teniente civil?

— Acabo de decírtelo.

— Pero ¿no habéis jurado a nadie no matar a Richelieu? -Ganseville dejó caer su insinuación con una sonrisa tan bonachona que Beaufort no le entendió al principio.

— ¿Qué has dicho?

— Me habéis oído muy bien. ¡Y no me digáis que os escandalizo! No haréis más que aumentar el número de los que sueñan cada noche con librar al rey de su ministro. ¡Preguntádselo al duque César, vuestro padre!

De pronto, François soltó una sonora carcajada que le liberó de su angustia. Después de dar un golpecito en el hombro de su escudero, montó el caballo.



13 из 357