
— ¡Magnífica idea! ¡Debería habérseme ocurrido antes! Ah, casi lo olvidaba: se ha reconocido la inocencia del caballero de Raguenel en las muertes de que se le acusaba. Debe de estar de vuelta en su casa.
— ¿Vamos allí?
El rostro de François se ensombreció de nuevo.
— ¡No! Todavía no. Necesito reflexionar un poco… ¡y también debo confesarme!
Ganseville estuvo a punto de contestar con una broma, pero intuyó que sería mal recibida. Siempre era así cuando el rostro de su amo mostraba cierta gravedad próxima a la severidad. Sin ser tan piadoso como Brillet, François nunca transigía con sus deberes de cristiano y su fe era profunda, por más que en su vida cotidiana mostrara cierta propensión a maltratar algunos de los diez mandamientos.
— En tal caso, ¿vamos primero al hôtel de Vendôme y luego a los Capuchinos?
— No, vamos primero a Saint-Lazare. Quiero hablar con Monsieur Vincent.
Inquieto, Ganseville se apresuró a preguntar:
— ¿Es a causa de… lo que acabo de proponer? La idea no ha salido de vos, monseñor. No tenéis nada de lo que acusaros.
François le dirigió una mirada cansada.
— ¿De qué hablas? ¡Ah, de la muerte del…! Aún no he pensado en ello, y no estoy seguro de desearlo de verdad. No; tengo otros pecados. Por ejemplo, últimamente he mentido mucho. Y eso no me gusta…
Situada en las afueras de la ciudad, en el faubourg Saint-Denis, la casa de Saint-Lazare era sin duda la que poseía, en comparación con sus semejantes, el mayor terreno religioso bajo el cielo de París. Era también, por su composición, la más extraña: a un tiempo hospital, leprosería -desde su fundación-, lugar de retiro, seminario y establecimiento disciplinario, porque algunos padres quejosos encerraban allí a sus hijos excesivamente turbulentos. Además, separada de la calle por un pequeño jardín, se encontraba allí una mansión real en la que los reyes únicamente se detenían en dos ocasiones en su vida: la primera, para la «feliz entrada» en su capital, y la segunda cuando sus restos mortales se dirigían al panteón real de Saint-Denis.
