
Conocía a Paul-François-Jean de Gondi, sobrino del arzobispo de París y hermano del actual duque de Retz, desde la infancia, por haberlo encontrado en varias ocasiones en Belle-Isle durante los días ociosos del verano. Y no le gustaba en absoluto. No debido a su físico singular -era pequeño, cetrino, con una nariz en forma de silla de montar, siempre mal peinado, de piernas torcidas y de una torpeza casi proverbial, porque era incapaz de abotonarse solo el chaleco-, sino a causa de la inteligencia malévola y afilada como una navaja que chispeaba en sus ojos, tan oscuros como el resto de su persona. Destinado a la Iglesia por un padre piadoso, siguió los estudios con una idea en la cabeza: no ordenarse jamás. ¡Le gustaban demasiado las mujeres! Se le conocían al menos dos amantes: la princesa de Guéménée, que tenía veinte años más que él, y la bonita -y joven- duquesa de La Meilleraye, cuyo marido era el gran maestre de la artillería.
Se trataba, en resumen, de un personaje muy fuera de lo común, tal como habían predicho el día de su nacimiento las gentes del pueblo de Montmirail, en la Champaña, porque pescaron en el río un esturión -especie inhabitual en aquellas aguas- a la misma hora en que su madre la duquesa daba a luz en el castillo. La sabiduría popular llegó a la conclusión de que el recién nacido sería un fenómeno.
Bravo pese a todo, y excelente espadachín, había recibido de Monsieur Vincent, por entonces su preceptor y el de sus hermanos, los primeros rudimentos de la cultura así como una firme educación cristiana. De todo ello apenas subsistía un poco de fe y un gran respeto, un verdadero afecto por un hombre al que no llegaba a entender cabalmente. En cuanto a Beaufort, le retribuía gustoso su enemistad y se ingeniaba para burlarse de su desternillante falta de cultura y de un ingenio menos acerado que el suyo.
