Una misión no dirigida aún hacia tierras lejanas, sino hacia los pueblos y aldeas marcados por las lacras de la miseria -empezando por los que rodeaban París-, donde la simple supervivencia era una cuestión ardua y Dios parecía muy leja-no. Sin duda los hombres de Monsieur Vincent difundían la palabra divina, pero sobre todo se esforzaban por aliviar los sufrimientos más patentes y, de ser necesario, por ayudar en los trabajos del campo.

Era a este asombroso personaje, que conocía desde hacía mucho tiempo y al que la casa de Vendôme reverenciaba, a quien François deseaba confiar los tormentos de su espíritu y su conciencia.

Lo encontró en la farmacia, con las mangas recogidas sobre sus brazos musculosos y ocupado en triturar hojas de col sobre un ladrillo. Por desgracia no estaba solo, y el joven que le hacía compañía era el último que François hubiese querido encontrar allí. Fue él, por lo demás, quien recibió al recién llegado gritando a voz en cuello:

— ¡Mirad quién está aquí, Monsieur Vincent! ¡El astro de las bellas parisinas, eclipsado desde hacía semanas! ¿Dónde os habíais metido, querido duque?

Este empezó por saludar al religioso con respeto, antes de replicar:

— Si hubiese sabido que os encontraría aquí, señor chistoso, habría venido más tarde.

Sin interrumpir el trabajo, Vincent de Paul se echó a reír.

— ¡Bonita forma de empezar una conversación! Hijos míos, no confundáis la casa del buen Dios con la Place Royale… ¡Bienvenido, François! Hace tiempo que no te veía. ¡Tú, muchacho, hazle sitio!

Tenía una voz cálida, un poco ruda pero tranquilizadora y llena de comprensión, teñida con un alegre acento gascón.

— ¡Ventajas de ser duque! -suspiró el joven, pero Beaufort se encogió de hombros, sin dejarse engañar ni por un instante por aquella falsa humildad.



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