
El joven no olvidó nada de lo que desde hacía unos meses pesaba sobre su conciencia de cristiano. Su oyente comprendió pronto que lo que le estaba siendo confiado era ni más ni menos que un secreto de Estado en el que se había venido a mezclar la terrible aventura de una niña de la corte aplastada por el cruel amor de un monstruo. Un monstruo cuya vida, sin embargo, se había visto obligado a jurar respetar el penitente debido a otra razón de Estado.
Su absolución fue plena y completa, bajo la única condición de que François prometiera no acercarse más a la intimidad de la reina.
— Los caminos del Señor son impenetrables -murmuró para terminar-. Si El ha permitido que te conviertas en el instrumento del destino, debes olvidar desde ahora…
— ¿Olvidar? ¡No imagináis hasta qué punto la amo!
— ¡No quiero saberlo! Esa mujer debe ser en adelante sagrada para ti por el fruto que lleva en ella y cuyo padre no puede ser otro que el rey. ¿Me has comprendido? Desde este instante no debes ser para la reina otra cosa que un súbdito muy fiel, un amigo si te sientes con valor para ello, ¡pero nada más! ¿Lo juras?
Tan poderoso era el magnetismo de aquel hombrecillo de apariencia rústica que François, fascinado, extendió la mano para prestar juramento sin pensar que lo que tenía delante era un mortero repleto de hojas de col y no los Evangelios; pero para los dos hombres, el gesto tuvo el mismo significado.
— En cuanto a las demás cosas que me has confiado -añadió Monsieur Vincent-, te absuelvo porque, en verdad, no podías haber obrado de otra manera. ¡Vete en paz!
Al marchar de Saint-Lazare, Beaufort se sintió a la vez aliviado y pesaroso. Había dado por supuesto que aquel santo varón no aceptaría que prosiguiese sus relaciones amorosas con Ana de Austria, y de todas maneras era imposible una solución distinta. Lo sabía, pero desde el instante en que la prohibición divina se alzaba entre ellos, la reina se le aparecía todavía más querida, todavía más deseable.
