Mientras le acercaba el caballo, Ganseville se puso a olisquear.

— ¿Qué extraño olor es ése, monseñor? No será el de santidad, supongo.

A pesar de su tristeza, François no pudo evitar echarse a reír. Por lo demás era una necesidad permanente en él. Dotado de un gran sentido del humor, recurría gustosamente a la risa en los momentos de tensión. Eso le relajaba. De modo que, al encaramarse a la silla, ya había recuperado parte de su optimismo habitual.

— He trinchado coles en un pilón -gruñó-, pero como estaba en compañía de Monsieur Vincent, la santidad no estaba lejos. ¡Volvamos a casa!

El hôtel de Vendôme estaba situado, como Saint-Lazare, fuera de las murallas de París, y los dos jinetes siguieron el camino que bordeaba los fosos hasta llegar al faubourg Saint-Honoré. Allí, paredaña con el convento de las Capuchinas que parecía integrarse en ella, se alzaba una amplia mansión cuyos jardines, que se extendían hasta los molinos de la colina de Saint-Roch, habían ocupado parte de un antiguo mercado de caballos. La duquesa de Vendôme, madre de François, habitaba aquel lugar durante el invierno con su hija Elisabeth y su primogénito Louis, duque de Mercoeur; la temporada estival quedaba reservada al castillo de Anet o al de Chenonceau, residencia habitual y forzosa de su esposo, el duque César de Vendôme, hijo bastardo pero reconocido de Enrique IV y de Gabrielle d'Estrées, a quien una orden de exilio del rey Luis XIII, su hermanastro, obligaba a residir allí desde hacía varios años.

Aquel día, sin embargo, alguien le había precedido, y al entrar en el gabinete de la duquesa Françoise encontró, sin la menor alegría, al abate de Gondi instalado junto a ella como si estuviera en su propia casa.



20 из 357