Al pensar en su amo, Ganseville se sentía melancólico, ya que mientras él iba entre sacudidas por caminos mal pavimentados con gruesos adoquines y llenos de baches, Beaufort, escoltado por Brillet y dos lacayos, galopaba por la ruta de Flandes con la perspectiva de la fiebre de las batallas, el tronar de los cañones, el crepitar de las descargas de fusilería, el redoble de los tambores, la gloria tal vez… ¡La vida, en una palabra! Su único consuelo era que aquel viaje anodino representaba una misión de extrema confianza relacionada con el secreto que tenía el honor de compartir con el amo al que quería.

El viaje transcurrió con toda normalidad, en compañía de personas que no incitaban a la conversación: un sacerdote que rezaba todo el rato, una viuda que lloraba todo el rato también, y una pareja de ancianos que, cuando no cuchicheaban entre risitas, dormían concienzudamente. A pesar de ello, al llegar a Vitré, Ganseville tenía hormigueo en las piernas y Jeannette se moría de impaciencia. Pero en aquella antigua villa, que conservaba su imponente aspecto feudal, les bastó una corta estancia en el hôtel Du Plessis, cuyos dueños eran viejos amigos de los Vendôme, para que Pierre recuperase su aspecto habitual. Entonces fue Jeannette quien perdió el suyo y se convirtió en un esbelto jinete -su joven ama había hecho que la enseñaran a montar para que pudiera seguirla en sus galopadas a través de los bosques, en Anet o Chenonceau-. Se montó en la silla con un aplomo que complació a su compañero, un poco inquieto al principio sobre el ritmo que iba a imponerle la presencia de una mujer.

— ¿Vais a decirme de una vez adónde vamos? -preguntó la muchacha cuando hicieron la primera parada en Bain-. Durante todo el viaje no habéis despegado los labios. ¡Bonito marido el mío, han debido de pensar las personas que nos acompañaban!

— ¿Habrías preferido que te hiciera la corte? -bromeó Ganseville, y rió.



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