2. El puerto del Socorro

Al día siguiente, domingo, a las cinco de la mañana, una modesta pareja de jóvenes burgueses ocupaba su plaza en la diligencia de Rennes, que en sólo una semana iba a conducirles hasta su destino. En el esposo, vestido de un paño gris con cuello vuelto de holanda blanca, calzado con pesados zapatos de hebilla y tocado con un redondo sombrero negro, nadie habría reconocido a Pierre de Ganseville, el elegante escudero del duque de Beaufort. No se sentía muy cómodo: echaba de menos su espada, pero había sido necesario guardarla en el cofre que habían colocado en la parte trasera del coche.

Esa clase de detalles no preocupaban a su compañera: apenas existía diferencia entre la forma de vestir de una burguesa y la de una camarera al servicio de la corte. La cofia almidonada y el vestido gris con cuello y mangas adornados de encaje eran su atuendo habitual, y lo completaba con una amplia capa negra con capuchón que la envolvía por completo. Jeannette se sentía menos triste: el día era bueno, y el viaje -aunque no conociera el lugar al que se dirigían- le gustaba, sobre todo porque no tendría que soportar mucho tiempo el traqueteo de aquel carruaje público y, por tanto, incómodo y maloliente: en Vitré lo dejarían con cualquier pretexto, así como el disfraz de Ganseville, y alquilarían caballos de posta que, por Châteaubriant, les llevarían hasta Piriac, donde embarcarían. Lo importante era salir de París burlando la vigilancia que esperaba Beaufort por parte del teniente civil. Laffemas no debía de ignorar a esas alturas lo que había ocurrido en La Ferrière, y Raguenel le había dicho que algunas personas de aspecto sospechoso rondaban su casa desde que había regresado a ella. De modo que, la víspera de la partida, François se había llevado a Jeannette al hôtel de Vendôme, donde se encontraba su lugar natural, porque vivía en ella desde que Sylvie había sido adoptada por la duquesa.



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