— ¡Nunca podré volver a sentarme! -gimió cuando Ganseville, compadecido al fin de ella, la ayudó a bajar de su montura-. ¡Y quizá ni siquiera a andar!

— Habría tenido que aconsejarte cataplasmas de cera-suspiró él-, pero eso nos habría hecho perder tiempo. Sé lo penoso que resulta esto para ti, y que habrías preferido un coche, pero en Bretaña los caminos son muy malos, y con un caballo se está seguro de salvar todos los obstáculos, ¡y más aprisa!

— Entonces ¿tenemos mucha prisa?

— La tenemos, y esta cabalgata nos ha hecho ganar tres días. Hemos de llegar a Belle-Isle antes que otra persona. Te prometo una sorpresa cuando arribemos…

Ganseville la dejó sentada en una roca y fue a buscar una embarcación y después, mientras esperaban la marea, los dos se dedicaron a reponer fuerzas con una deliciosa sopa de pescado y galleta de alforfón endulzada con miel, todo ello regado con una sidra ligeramente espumosa.

Al caer la tarde, los dos embarcaron en una barca de pesca puesta bajo la advocación de Sainte-Anne-d'Auray. Jeannette, envuelta en una manta que olía a pescado para protegerse de las salpicaduras del oleaje, instaló sus doloridas posaderas en otra manta que doblaron para ella en un rincón de la barca y, por más que aquello no fuera el sumo de la comodidad, se durmió de inmediato. Por suerte, la mar estaba relativamente en calma y su fatiga extrema le evitó los efectos del balanceo. Así pues, de las cuatro leguas que separaban tierra firme de Belle-Isle no vio nada, y tampoco de la pesca a la que se dedicó la tripulación durante el trayecto.

Cuando abrió los ojos, después de que la sacudieran sin demasiados miramientos, la barca franqueaba la bocana de un puerto que, a la luz rosácea de la aurora, le pareció el más hermoso del mundo.



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