Asentado en la desembocadura de uno de esos arroyos marinos por los que asciende la marea, ocupaba el espacio entre una colina cubierta de árboles torcidos por las tormentas y un promontorio rocoso sobre el cual se alzaba una ciudadela de torres bajas y redondas de las que asomaban las bocas negras de los cañones. La villa parecía agruparse detrás de las murallas que la defendían, y al fondo del puerto un puente romano unía las dos orillas y daba acceso a una mansión señorial alargada cuyos jardines ascendían hasta una segunda colina, más alta que la primera.

— Estamos en Belle-Isle -comentó Ganseville-, y ese pueblo, el principal de la isla, se llama Le Palais. No es difícil comprender por qué…

— ¿Es allí adónde vamos?

— Exacto. Y encontrarás a personas queridas por las que estás sufriendo.

El escudero tuvo de súbito la impresión de que toda la luz del día que nacía se refugiaba en los ojos azules de la joven.

— ¿Sylvie? ¡Oh, quiero decir Mademoiselle de l'Isle…!

— ¡Chist! ¡Nada de nombres!

Ella quiso echar a correr por la carretera que llevaba a las hileras de altos tamarindos que protegían los jardines de la furia del viento, pero él la retuvo con mano firme.

— ¡Tranquila! No vayas a entrar en esa casa dando voces y llamándola como una loca. Recuerda que si la han traído aquí es por una razón muy grave. La han escondido desde que escapó de una suerte horrible, pero la amenaza no ha desaparecido. De modo que el señor duque ha decidido, de acuerdo con el señor de Gondi, que pasará por muerta hasta que el peligro haya cesado por completo.

— ¡Dios mío! ¿Qué le ha ocurrido? -gimió ella, dispuesta ya a echarse a llorar.

— Ya lo sabrás, pero de momento caminemos. No podemos quedarnos todo el día en medio del camino. Además, veo que vienen a recibirnos.



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