
— ¡Mademoiselle Sylvie…! ¡Miradme! Soy Jeannette, vuestra Jeannette.
Los bonitos ojos color avellana, enrojecidos por el llanto continuo, se entreabrieron y Sylvie murmuró:
— Eres tú, mi Jeannette. Creía seguir soñando al oír tu voz…
La suya era débil, dubitativa, como si aquella muchacha de dieciséis años no pudiera levantarla mucho. Jeannette se puso en pie y, con los brazos en jarras, examinó aquella habitación miserable con cólera creciente.
— Me parece que ya era hora de que me trajeran aquí. ¿Qué mosca ha picado a monseñor François para confiaros a esta gente…? ¡Eh, tú, la de la calceta! -llamó a la campesina, que seguía imperturbable con sus agujas-. ¿Así es como la cuidas? ¿No ves que está enferma? ¿No te ha pasado por la cabeza que es una gran dama y que no está ni mucho menos acostumbrada a esto?
— No te canses -dijo Corentin-. No te entiende, no habla más que bretón. Madame de Gondi piensa que es mejor para la seguridad de Sylvie que pase por una enferma grave. Por suerte, me tiene a mí para hablarle…
— ¿Que pase por una enferma? ¡Pero es que lo está! Compruébalo por ti mismo. ¿Y qué esperáis, tu Madame de Gondi y tú, que se muera?
— Voy a explicártelo, Jeannette, pero dime primero quién te ha traído aquí. ¿Es…?
Ella adivinó el nombre que él esperaba.
— No, no es monseñor François. Está en camino para la guerra. Es el señor de Ganseville quien me ha acompañado. En este momento está hablando con el señor de Gondi, pero tienes que decirme por qué dejáis a mi pequeña ama en este estado, con un viejo vestido raído, sin peinar…, ¡desastrada, y con un viejo andrajo como única compañía! Si el señor de Raguenel viese esto pasarías un mal rato.
