
Unos instantes después, caminaba a buen paso detrás de una joven bretona a través del espeso bosquecillo de higueras, palmas datileras y laureles que se extendía en los confines del jardín. Una casita y un pozo aparecieron de repente en una especie de claro, pero todo lo que vio Jeannette fue a su Corentin ocupado en sacar agua. Incapaz de contenerse, dejó caer su equipaje y corrió hacia él con un grito de alegría.
— ¡Mi Corentin! Creía que no iba a verte nunca más -gritó, llorando de felicidad.
El la miró como si cayera del cielo.
— ¿Jeannette?… Pero ¿cómo estás aquí?
— El señor de Ganseville me ha traído por orden de monseñor François.
Corentin apartó a la joven y se pasó las manos por el rostro, del que Jeannette pudo entonces apreciar la fatiga. Suspiró:
— ¡Dios mío! ¡Me habéis escuchado y nunca os lo agradeceré bastante! Quizás estemos aún a tiempo…
— ¿Qué pasa? -preguntó Jeannette, angustiada-. ¿Y Mademoiselle Sylvie?
— ¡Ven a verla!
La vio, en efecto, y su corazón se encogió. Pálida y demacrada, con aspecto de conservar tan sólo un soplo de vida, Sylvie, ataviada con un triste vestido negro del que asomaba un poco la enagua, estaba tendida en un sillón junto a un fuego raquítico. Sus cabellos castaños de tan bellos reflejos plateados caían en desorden sobre sus hombros. Sostenía un tazón de leche que no bebía, cosa que no parecía preocupar a la vieja campesina sentada a la entrada, tricotando sin pausa. El mobiliario -un aparador, una mesa, cuatro sillas y un pequeño armario- se reducía al mínimo necesario. No había alfombras ni tapices para calentar las paredes y el suelo; sólo un crucifijo en la pared y un banquillo colocado frente a él recordaban que aquélla era una de las posesiones más piadosas de Francia. Se percibía un abandono, una miseria casi, que hizo brotar lágrimas a la recién llegada. Un impulso la hizo caer de rodillas a los pies de su joven ama, que no parecía haber advertido su presencia y seguía con los ojos cerrados. Le quitó el tazón para cubrir aquellas manos frágiles con las suyas.
