Jeannette había palidecido, pero ya estaba de vuelta en la casa y había emprendido una inspección impaciente; abrió una puerta que daba a una habitación estrecha con los postigos cerrados que sólo contenía una cama de madera. Sus exclamaciones furiosas sacaron a Sylvie de su sopor.

— ¡Cálmate, te lo ruego! Me siento tan débil…

— ¿Cómo no vais a estarlo en una casa en la que el sol tiene prohibido entrar y vos salir? Lo que me asombra es que no hayáis muerto aún con este régimen bárbaro. ¡Pero os juro que esto va a cambiar! ¡No me da miedo vuestra duquesa!

— Tranquilicémonos -dijo con voz jovial Ganseville, que acababa de entrar y barría el suelo con sus plumas grises para saludar a Sylvie-. Monseñor os besa las manos, mademoiselle, y lamenta no haber podido venir en persona como era su deseo, pero es un soldado, y un soldado ha de obedecer. Por esa razón nos ha enviado a nosotros, como Jeannette os lo ha debido de decir. De hecho, venimos a cambiaros de residencia, porque aquí ya no estáis segura. Dentro de pocos días llegará el abate de Gondi, de quien ya conocéis su lengua suelta y sus ideas locas. De modo que tengo órdenes de comprar para vos una casita apartada en la que podréis vivir con vuestra gente. Creo, por otra parte -añadió, girando sobre los talones para examinar lo que le rodeaba-, que tendremos que hacerlo con urgencia… ¡Cuando monseñor François sepa esto! ¡Esta gente os trata de una manera indigna! No lo esperaba del duque…

— ¡Entonces llevadnos a cualquier otro lugar, y aprisa! -exclamó Jeannette-. No veo por qué tendríamos que comprar nada en esta isla inhóspita. Hay muchos rincones tranquilos en el Vendômois…

— No. Se supone que Mademoiselle Sylvie ha muerto, y si alguien tiene dudas, irá allá a buscarla. Ha de quedarse aquí, pero puedes estar tranquila, Belle-Isle es grande: nunca más verá a los Gondi si no lo desea.



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