
— Tendré que quedarme para siempre en este lugar -intervino Sylvie, desolada.
— No. Monseñor vendrá a buscaros en cuanto sea posible. Únicamente os será preciso un poco de paciencia…, y sobre todo recuperar la salud. Estáis en muy mal estado. Monseñor se desesperaría si os viera así…
Las pálidas mejillas se tiñeron levemente de rojo. Desde que François se había marchado, Sylvie se había dejado invadir por una sombría desesperación, con la idea de que nunca volvería a verle. Y sin embargo, aquel viaje al fin del mundo había sido tan dulce…
Había habido en primer lugar el instante divino que repetía el de su infancia, cuando él la había recogido del suelo, la había tomado entre sus brazos y la había abrazado y besado, porque temía que ella estuviera muerta.
El desvanecimiento de Sylvie, debido a un terrible agotamiento, había durado menos tiempo del que creía Francois, pero era tan maravilloso, después del horror que acababa de vivir, apretarse contra él y dejarse acunar y acariciar, que siguió con los ojos cerrados más tiempo del necesario. Sin embargo, por fuerza había tenido que volver a la realidad.
La realidad fueron los cuidados que recibió en Anet, después de que la mujer del intendente la acostase en una de las dos o tres habitaciones dispuestas siempre para recibir a algún miembro de la familia de Vendôme, mientras que el resto estaba cerrado. Fue una suerte para Sylvie que François de Beaufort hubiera aparecido por allí con la única compañía de Ganseville después de que la reina se negara a recibirlo pretextando estar cansada, y de que Mademoiselle de Hautefort lo acompañara hasta la puerta de Saint-Germain diciéndole que cuando su presencia fuera deseada ya se le haría saber. Lo que probablemente no ocurriría hasta transcurrido bastante tiempo.
Corentin Bellec, que, lanzado tras las huellas de los raptores de la joven, se había presentado en el castillo para pedir ayuda, había tenido la agradable sorpresa de encontrarse con el joven duque, y los dos habían marchado rápidamente a La Ferrière para encontrar allí a Sylvie, evadida de su infierno en el estado que conocemos.
