
— ¿Le has dicho que estaba ocupado?
— Sí, monseñor, pero el duque insiste. Sin embargo, ha anunciado que si su petición incomoda en exceso a Vuestra Eminencia, está dispuesto a esperar el honor de ser recibido tanto tiempo como sea preciso.
¡Esto sí era una novedad! Beaufort el Torbellino, el arrogante Beaufort que derribaba las puertas en lugar de abrirlas, tenía que haber cometido un desaguisado enorme para mostrarse tan civilizado. Era una circunstancia demasiado rara para perdérsela. Con todo, a pesar de su curiosidad, el cardenal se concedió el placer de aplazar el conocimiento de los motivos de una docilidad tan novedosa.
— Llévalo a mi gabinete y ruégale que me espere allí. ¿Tienes idea de lo que quiere?
— Ni la más mínima, monseñor. El duque se ha contentado con anunciar que se trata de un asunto grave.
Richelieu despidió al oficial con un gesto y regresó al lado de Sublet de Noyers, a quien encontró en compañía de un discípulo de Salomón de Caus, el hombre ya difunto que había diseñado sus magníficos jardines. Los dos discutían acerca de una nueva disposición, y el cardenal departió con ellos mientras los castaños, uno a uno, ocupaban los lugares previstos. Finalmente, no sin disgusto, decidió volver a su gabinete de trabajo. De pasada, echó una ojeada al patio de honor, que esperaba ver ocupado por una carroza, criados y un par de escuderos más dos o tres gentileshombres, como convenía a un príncipe de sangre. Sin embargo, no vio más que dos caballos y un solo escudero: Fierre de Ganseville, al que conocía muy bien. Desde luego, una visita emprendida con tanta modestia resultaba cada vez más intrigante. Y por lo demás, su recreo había concluido.
En la amplia cámara en que admirables tapices flamencos alternaban con preciosos armarios repletos de libros, François, indiferente al esplendor de la decoración, miraba por una ventana al tiempo que se mordía la uña del pulgar.
