
Una mañana de abril, en el castillo de Rueil, el cardenal-duque de Richelieu, ministro del rey Luis XIII, bajó a los jardines en compañía de su superintendente en bellas artes, el señor Sublet de Noyers, para examinar sus tiernos plantones de castaños. Los arbolitos -los primeros de su especie plantados en Francia- eran entonces una gran novedad. El cardenal había pagado por ellos un alto precio a la Serenísima República de Venecia, que los había importado de la India para él. De modo que les dedicaba una atención casi paternal.
El momento era importante: los jóvenes castaños iban a abandonar el invernadero y sus grandes tiestos de madera, para ser plantados en el paseo dispuesto para ellos; los jardineros habían cavado ya los agujeros destinados a recibir las pesadas pellas de tierra abonada con estiércol de caballo.
Su Eminencia estaba de un humor excelente. A pesar del tiempo fresco y ligeramente húmedo, nada aconsejable para el reuma, los numerosos achaques que lo afligían le habían concedido una tregua bienhechora y dejado su ánimo bien dispuesto para una tarea tan placentera. Por desgracia, alguien vino a aguarle la fiesta.
El primer castaño acababa de ocupar su emplazamiento definitivo bajo la mirada enternecida del cardenal, cuando llegó el capitán de la guardia anunciando una visita. El duque de Beaufort acababa de presentarse y solicitaba una breve entrevista en privado.
A pesar de su sorpresa, porque Richelieu se preguntó qué buen viento podía traer hasta allí al sobrino por línea bastarda de Luis XIII, un joven huraño que muy rara vez se acercaba a visitarlo, apenas dejó entrever sus sentimientos con un leve alzamiento de cejas.
