Un estado que se había revelado peor aún de lo que se suponía cuando la mujer del intendente le quitó el camisón manchado de sangre, desgarrado y sucio tras haberse descolgado por la hiedra del muro y caído en el camino: aquel cuerpo frágil y gracioso estaba cubierto de moretones y rasguños como si lo hubieran encerrado con unos gatos furiosos, pero sobre todo la salvaje violación lo había desgarrado en su tierna intimidad. Ante aquel desastre, la mujer del intendente se había declarado impotente.

— Una buena comadrona sabría qué hacer -había dicho a François al darle cuenta de la situación-, pero la que tenemos aquí está borracha la mayor parte del tiempo, y las mujeres prefieren arreglárselas entre ellas cuando llega el momento. En un caso así, sería necesario ir a buscar un médico a Dreux. Pero el tiempo urge; la pobre niña sigue perdiendo sangre…

Fue entonces cuando Ganseville tuvo una idea: ¿por qué no recurrir a la Charlot? Recibida primero con exclamaciones de indignación, la propuesta acabó por atraer el interés de Beaufort. La Charlot era la mujer que regentaba el burdel de Anet, más o menos instalado por Madame de Vendôme en persona a fin de proteger a las mujeres y las muchachas de la región cuando ella y el duque se instalaban en el castillo con toda su casa, que incluía cierto número de soldados. La duquesa, que se interesaba de cerca por la suerte de las prostitutas, había seleccionado con cuidado a la regente: para la Charlot, la limpieza no era una palabra vana, y las chicas recibían los cuidados oportunos siempre que era necesario. Por consiguiente, fue a ella a quien llamaron, y el veredicto que siguió a su examen fue terminante: era preciso recoser los tejidos desgarrados.



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