
Divinas palabras que ella escuchaba con delicia pero sin creer demasiado en ellas, ya que conocía el entusiasmo que ponía François en todo, en particular cuando se encontraba bajo el influjo de una emoción intensa, y porque sabía que la reina era dueña de su amor y de sus sentidos. E incluso la perspectiva de vivir en aquella isla tan amada por él no llegaba a consolarla porque, una vez tranquilizado acerca de su suerte, él la dejaría. Volvería a marcharse, aunque sólo fuera para vengarla del abominable Laffemas…
Sin embargo, Belle-Isle la encantó. El inicio de la primavera, tan frío y húmedo en el continente, florecía ya en aquella tierra de clima suave. Se encontraban allí árboles desconocidos y grandes extensiones de retama que la iluminaban incluso cuando el cielo estaba gris. Ella supo también enseguida que iba a compartir la pasión de François por el mar. Tal vez, en efecto, el exilio que le imponía el destino sería menos cruel frente al océano cuyas extensas olas cambiantes venían a romper al pie de los roquedos de granito.
La acogida de que fue objeto la entusiasmó menos. No porque fuera desagradable, al menos por parte del duque Pierre, afable y generoso; pero desde el primer momento tuvo la impresión de no gustar a Catherine de Gondi. Por mucho que la joven duquesa declarara que la fugitiva podía permanecer en su casa todo el tiempo que deseara, lo hizo como expresión de un deber cristiano, no siguiendo el impulso de la simpatía. Y eso a pesar de que no supo toda la verdad respecto de Sylvie.
Tal vez François puso un calor excesivo en su alegato en favor de Sylvie, y su actitud fue interpretada como el eco de una pasión; el caso fue que Sylvie sorprendió un relámpago de malestar bajo las cejas súbitamente fruncidas de la joven duquesa que, en el instante inmediatamente anterior, la acogía con benignidad. ¿Estaba también ella enamorada de su antiguo compañero de infancia, de la lejana época en que los Vendôme pasaban en Belle-Isle algunas semanas de veraneo?
