
Mientras Beaufort permaneció en la isla todo fue bien, pero apenas se alejó su barca, instalaron a Sylvie en el pabellón que había al fondo del jardín.
Tal vez ella lo hubiese preferido a la atmósfera fría del palacio si no se hubiera decretado que los postigos no debían estar nunca abiertos «por prudencia, a fin de que vuestra presencia pase inadvertida a visitantes eventuales». La duquesa decidió, además, que su estado exigía aislamiento. La antigua Sylvie habría protestado con vehemencia, pero se vio obligada a aceptar las imposiciones de quienes le daban hospitalidad. Y allí permaneció, custodiada por la vieja Maryvonne, taciturna y silenciosa, que no la entendía y a la que tampoco ella entendía. Y también por Corentin que, por su parte, hablaba a la perfección la lengua bretona. Impotente y desolado, intentó plantear algunas objeciones pero se le dio a entender que si las nuevas disposiciones no le gustaban, siempre le quedaba la opción de marcharse.
El criado había llegado a pensar en ir al galope hasta París para poner a Beaufort al corriente de lo que ocurría, pero ¿cómo abandonar a su suerte a un ser tan frágil y dolorido? ¿Encontraría a Beaufort al final del camino? Y sobre todo, ¿creería él lo que iba a contarle? Una vez había dado su amistad, a François le costaba mucho retirarla. Para él los Gondi eran personas maravillosas ligadas a las bellas imágenes de la infancia, y sin duda estaba convencido de haber tomado la mejor decisión para el bien de Sylvie. De modo que, mientras la pobrecilla languidecía convencida de que François la había abandonado, el infeliz Corentin se esforzaba en impedir que ella se hundiese más y más, cosa que fue haciéndose cada vez más difícil. ¡Qué alivio, entonces, ver llegar a Jeannette y al escudero de Beaufort! ¡Verdaderamente, ya era hora!
