Corentin, que volvía del cuarto trastero con una brazada de troncos, se detuvo en la esquina de la casa para observar a su vez a Jeannette: ésta había dejado de desvainar y, con el cuello estirado y el rostro crispado, miraba a Sylvie. Entonces se acercó.

— Sé en lo que piensas -dijo-. Ya es una mujer como las demás, y es posible que una violación tenga consecuencias.

— Sí -contestó Jeannette sin moverse-. Y estoy segura de que esa idea la obsesiona. Por las noches tiene pesadillas y no sabe dónde está; la violencia que ha sufrido y su herida sin duda han trastornado sus reglas… pero ¿hasta qué punto? Ya han pasado seis semanas desde aquello. ¿Qué haremos, en caso de que…? Y sobre todo, ¿qué hará ella?

— Oh, eso puedo decírtelo: se matará. Ya quería hacerlo cuando la recogimos… en el estanque de Anet. Y aquí… -añadió señalando con el mentón la extensión azul coronada de espuma-. Nuestro deber está claro: hemos de vigilarla en todo momento.

— ¿Y si nuestros temores estuvieran fundados?

— Puedes figurarte que, desde que estoy aquí, me he informado. Hay una guarnición, y por consiguiente tentaciones para las muchachas. Parece que no muy lejos de aquí una mujer se ocupa de esas cosas. Vive en una cueva. Al parecer en la isla hay aún muchas brujas. Todavía se adora a los viejos dioses celtas.

— ¿Crees que ella nos permitirá que la llevemos allí?

— Lo haremos por la fuerza si es preciso. Si le ocurriera una desgracia, el señor caballero y monseñor Fran-§ois no nos lo perdonarían.

Jeannette se encogió de hombros.

— El señor de Raguenel desde luego, pero no estoy tan segura de monseñor François. Está demasiado ocupado con la reina para dar a nuestra Sylvie otra cosa que afecto y compasión…

Corentin sacudió la cabeza y torció los labios con aire de duda.



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