
— Claro que sí. Salió de allí, y ahora que le hemos tranquilizado respecto a vos, todo va mejor para él…
— ¿Vendrá aquí?
— No. Sería una grave imprudencia. Tiene que llevar luto y desempeñar su papel. Ni siquiera nos hemos atrevido a permitir que os escriba: habríamos podido ser detenidos de camino…
— Esperaré, entonces. -Sylvie suspiró, y añadió-: Si por casualidad lo veis, decidle que le quiero…
— Y a monseñor ¿qué debo decirle?
Ella se ruborizó, como si toda la sangre le hubiera ascendido al rostro.
— Nada… No, no le digáis nada. El lo sabe todo… o al menos eso espero…
Al día siguiente, sentada en aquella misma roca que había adoptado de forma definitiva, Sylvie no vio la embarcación de Ganseville salir del puerto en dirección a Piriac: el promontorio que coronaba la ciudadela impedía la vista en esa dirección, pero no sintió pena por ello. Un poco de envidia sí, porque él iba a reunirse con François, y sobre todo una inmensa gratitud, pues sin su intervención ella habría seguido pudriéndose en aquel horrible pabellón de los postigos cerrados. Ahora intentaría revivir, si conseguía derrotar definitivamente la angustia que todavía la asaltaba por las noches.
¿Se repetiría la horrible noche vivida en La Ferrière? Si así fuera, Sylvie sabía que, a pesar de todos los principios cristianos recibidos en la casa de Madame de Vendôme, no tendría valor para seguir con vida, y las olas transparentes de aquel bien llamado puerto del Socorro se la llevarían un atardecer, a la hora en que el sol se pone…
Alguien más pensaba lo mismo en ese mismo momento. Sentada en el umbral de la casa, con una ensaladera sobre las rodillas, Jeannette desvainaba unas habichuelas con gesto maquinal. Su mirada no se apartaba de la delgada silueta vestida de gris sentada en la roca. Sylvie mejoraba, eso era indiscutible. Su llegada y la de Ganseville habían conseguido que recuperara algo de energía. Comía bien, pero las noches seguían siendo malas. ¿Qué sucedería si se encontraba encinta?
