Un sendero se abría a su derecha, entre rocas orladas por líquenes blancos. Ella sabía perfectamente adonde conducía, y se adentró en él, más aprisa ahora por el temor de que Jeannette se hubiese dado cuenta de su fuga. Sus rápidas piernas corrían con ligereza, y pronto vio la abertura que, como bien sabía, se abría al vacío.

Sin embargo, cuando estuvo en el borde, se detuvo para contemplar por última vez al magnífico paisaje marino y aspirar una gran bocanada de aire con sabor de algas y sal. Abrió los brazos y el viento hinchó su capa como si fuera la vela de un navío. Iba a lanzarse cuando algo le cayó encima y tiró de ella hacia atrás. Creyó que era Jeannette y lanzó un grito de desesperación mientras se debatía:

— ¡Déjame! ¡Te lo ruego, déjame! No tienes derecho a impedirme…

La tela que habían arrojado sobre su cabeza para apartarla del vacío ahogó su voz. Cuando se la quitaron, estaba tendida de través en el sendero y un curioso personaje estaba arrodillado encima de ella. Era un hombrecillo ridículo de cabellos hirsutos y nariz en forma de silla de montar. Al reconocerlo no pudo disimular su estupefacción.

— ¿El señor abate de Gondi…? ¡Oh, Dios mío…!

— Ya era hora de que os acordarais de Él, pequeña desgraciada que tan gravemente ibais a ofenderle. ¡Pero…, pero yo también os conozco! Sois… la protegida de Madame de Vendôme, Mademoiselle de… de l'Isle -concluyó en tono triunfal-. ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? No iríais a…

— ¡Sabéis muy bien que sí, puesto que me lo habéis impedido! -exclamó ella, en un repentino acceso de cólera-. Pero ¿por qué os entrometéis?

— Porque es una cuestión que afecta a todo hombre honrado, sobre todo si además es un hombre de Iglesia. ¿Queríais realmente morir, tan joven, tan encantadora?



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