Marie abandonó su puesto de observación para tomar del brazo a Madame de Senecey, la fiel dama de honor de la reina, y suspiró:

— Sí, me temo que la corte no sea un lugar muy alegre en estos tiempos. El rey no para de escribir al cardenal que ya tiene ganas de que la reina dé a luz para poder irse de aquí… ¡y ni siquiera contamos ya con las canciones de nuestra pequeña Sylvie para alegrar el ambiente!

— ¿La echáis de menos?

— Sí. La quería mucho y me enfurece que no se haya intentado averiguar a fondo las circunstancias de una muerte tan extraña. Me niego a creer que se diera muerte a sí misma; no es propio de ella. Me inclino más a pensar… -Calló y se mordió el labio.

— Y bien, ¿qué es lo que pensáis?

— No… nada. Una idea sin sentido…

Tenía confianza en su compañera, pero no hasta el punto de hacerla partícipe del secreto de la alcoba de la reina, un secreto que compartían únicamente tres personas: Pierre de La Porte, en el exilio desde su salida de la Bastilla, ella misma y Sylvie. Era extraño, sin embargo, que la niña hubiera desaparecido después de una larga entrevista con Su Eminencia, y Marie se sentía inclinada a pensar que las mazmorras subterráneas de Rueil tal vez no eran únicamente una leyenda. Si Richelieu sospechaba alguna cosa respecto de las relaciones de la reina con Beaufort, no pararía hasta haber eliminado a todas las personas que compartieran el secreto. Sobre todo si el niño que estaba a punto de nacer era un varón. Ahora bien, Sylvie había muerto y La Porte parecía haber desaparecido. Tal vez ella misma se estuviera beneficiando simplemente del aplazamiento de una condena ya dictada. ¿Bastaría el amor del rey, al que maltrataba con tanta dureza, para defenderla de los esbirros del cardenal, si nacía el tan deseado delfín? Nunca la había asustado el peligro, ¡pero los palacios reales estaban tan llenos de ratoneras y de servidores venales! Quedaba todavía Beaufort, el peón principal; pero debido a su temerario arrojo, sería fácil matarlo en algún campo de batalla.



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