El también se había desvanecido al mismo tiempo que Sylvie. Se decía que había aterrizado en París unas semanas más tarde, pero una orden real le había enviado de inmediato a Flandes. ¿Seguía aún allí?

— ¿Dónde estáis, querida? -se quejó cariñosamente la dama de honor-. Os hablo y no me escucháis…

Un paje que llegaba a toda prisa le evitó recurrir a una mentira: el médico real reclamaba a Madame de Hautefort. De inmediato ella, inquieta, recogió sus faldas de raso gris claro, descubriendo unos pies perfectos calzados en chinelas de tafetán rojo, y echó a correr sin esperar a su compañera, que la siguió a paso más moderado. Encontró a Bouvard que se paseaba inquieto delante de la puerta de la reina, guardada por dos suizos. No le gustaba mucho aquel discípulo de Esculapio, al que reprochaba su pasión por las sangrías y los enemas, pero en esta ocasión no tuvo la menor dificultad en adivinar la causa de su mal humor: al otro lado de la doble puerta magníficamente decorada se oía un alboroto de pajarera enloquecida. El no le dio tiempo ni siquiera de abrir la boca.

— ¿Dónde estabais, señoras? -gritó con una mirada de indignación que transfirió de Marie a Madame de Senecey-. Estaba examinando a Su Majestad cuando nos hemos visto asaltados por todas las coronas principescas de París. Primero las señoras de Guéménée y de Conti, luego Mademoiselle, que se ha puesto a corretear por todas partes y quería a toda costa tocar el vientre de Su Majestad, luego Madame de Condé…

— ¿Ya están aquí? Acabo de verlas llegar.

— Han debido de subir las escaleras al galope, tanta prisa tenían, y yo, desbordado e impotente, me he visto obligado a cederles el sitio. ¿Quién soy yo al lado de ellas? -añadió con amargura-. ¡Oídlas! Cada una aporta su consejo, su elixir, ¡qué sé yo!



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