
Sin responder, Marie empezó por cerrar el paso a la duquesa de Vendôme, que llegaba acompañada por su hija y por la condesa de Soissons.
— Pronto veréis a la reina -suplicó-, pero por el momento debo dejar pasar al doctor Bouvard. ¡Venid, Senecey!
Las dos mujeres entraron en el aposento, donde hacía mucho calor. Alguna persona solícita había considerado útil cerrar las ventanas, y la acumulación de los perfumes y las respiraciones de tantas mujeres hacía el aire irrespirable.
En medio de la estancia, la pobre reina, colorada y sudorosa bajo los rasos que se pegaban a su cuerpo deformado, se esforzaba por responder a todas, sofocada a pesar del abanico que agitaba blandamente una de sus doncellas de honor. Aquel comienzo de septiembre seguía muy caluroso, y el sol próximo ya al ocaso daba aún con fuerza en las altas ventanas del Grand Cabinet.
Marie empezó por dirigir una rápida reverencia a la concurrencia, corrió a abrir de nuevo las ventanas y dijo en voz tan alta como pudo:
— Señoras, ¿no comprendéis que incomodáis a la reina y que además estáis impidiendo que su médico le dedique sus cuidados?
— No exageréis, Madame de Hautefort -contestó en tono áspero la princesa de Condé-. Hemos traído remedios para ayudar a Su Majestad…
— Imploro vuestro perdón, señora princesa, pero ¿no veis que la reina se sofoca? ¡Podríais ser acusadas de regicidio… sobre todo si el niño es un delfín! ¿No sería mejor que esperarais en la antesala?
Entre murmullos y protestas, pero sumisas, las princesas salieron una tras otra mientras Bouvard se precipitaba hacia su paciente, que tendía una mano temblorosa a su dama de compañía.
— ¿Por qué me habéis abandonado, Marie? -dijo con voz apagada-. No me encuentro bien…, nada bien…
