— ¡Dejad de lloriquear! -le dijo con rudeza-. No hay ninguna razón para afligirse. -Y en voz más baja añadió-: Por mi parte, me tendré por satisfecho si el niño se salva, y vos, señora, tendréis tiempo para consolaros de la pérdida de la madre…

— ¿Cómo podéis ser tan cruel, tan insensible? -murmuró ella, indignada-. Es vuestro hijo el que tortura así a vuestra esposa…

— Precisamente. El es más importante…

— ¡Mereceríais que fuera una niña!

— Será lo que Dios quiera. ¡Voy a hablar con Bouvard!

Y recomenzó la interminable espera, agotadora incluso para quienes no hacían otra cosa que mirar. Dividido entre la esperanza y el horror, Gastón d'Orléans estaba gris. Para apaciguar un poco sus nervios, Marie se acercó a Elisabeth de Vendôme, que rezaba sin descanso al lado de su madre, y se hincó al lado de ella.

— ¿Tenéis noticias de vuestro hermano Beaufort? -susurró.

— Volvió hace tres días con una nueva herida. No muy grave, por fortuna. Escapó por muy poco a la muerte; un explosivo estalló casi bajo sus pies cuando volvía a su campamento.

A la dama de compañía le dio un vuelco el corazón. ¡Un atentado! Acababa de escapar a uno… ¿Sobreviviría al siguiente?

Hacia las once y media de la mañana, en un momento en que los repetidos dolores dieron una breve tregua a la reina, Bouvard aconsejó al rey que no demorara su almuerzo. El aceptó e invitó a los señores presentes a acompañarle, pero apenas tuvo tiempo de sentarse: un paje llegó con la noticia de que la reina por fin había dado a luz.

— ¿Se sabe ya si es niño o niña?

— Aún no, Sire; me han enviado en cuanto ha aparecido la cabeza…

Luis XIII tira entonces al suelo su servilleta, y corre a los aposentos de su esposa. En la puerta se encuentra con la reverencia de Madame de Senecey, que le anuncia:

— Sire, la reina acaba de dar a luz a monseñor el delfín…



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