
El corre al lecho donde dame Péronne, la comadrona, tiene en sus brazos un paquete que patalea envuelto en un lienzo de hilo fino.
— ¡Vuestro hijo, Sire!
Luis XIII cae de rodillas mientras a su alrededor estallan aclamaciones frenéticas y una señal hace partir, desde el patio del castillo, mensajeros en todas direcciones. Finalizada su acción de gracias, el rey ordena que se abran las puertas de la antecámara. Pasa delante de su hermano, que no tiene buen aspecto, y se dispone a recibir las felicitaciones de sus gentileshombres cuando Marie de Hautefort llega hasta él y lo detiene, tocándole el brazo con audacia.
— ¿No vais a besarla? -pregunta señalando el lecho en torno al cual se afanan las mujeres-. Me parece que lo ha merecido.
No hay cariño en las miradas que se cruzan los dos extraños enamorados. A regañadientes, Luis XIII se deja llevar al lado de su esposa, medio muerta entre sus sábanas arrugadas y manchadas. Se inclina sobre ella y la besa en la frente.
— ¡Muchas gracias, señora! -dice tan sólo, y enseguida se vuelve para recibir al Gran Limosnero, que acaba de tomar en sus brazos al bebé.
La reina se ha dormido. Marie de Hautefort, agotada también, ha vuelto a su aposento, se ha desvestido y acostado con un curioso hormigueo de desazón. Es verdad que ha conseguido su objetivo: el rey tiene un heredero y el espectro de la repudiación, que planea desde hace tanto tiempo sobre la cabeza de su querida soberana, acaba de desaparecer, pero ¿cómo olvidar que ahora es ella misma la que está en peligro… y que sólo tiene veintidós años?
No por ello durmió menos profundamente, y el sol del nuevo día que hacía brillar las gotas de rocío en los jardines en terraza del Château-Neuf le devolvió todo el coraje que necesitaba la dama de compañía de una reina para afrontar una jornada de duro trabajo. En efecto, el Sena, donde tan agradable resultaba bañarse en los días cálidos del verano, estaba ya lleno de embarcaciones venidas de París que transportaban a damas y gentileshombres deseosos de rendir homenaje al recién nacido. El camino fluvial, más lento sin duda, era más agradable que las fuertes sacudidas de los carruajes.
