
— De una joven que habéis conocido con el nombre de Mademoiselle de l'Isle y que se llamaba en realidad Sylvie de Valaines.
El cardenal frunció el entrecejo.
— ¿Se llamaba? No me gusta mucho ese pretérito.
— A mí tampoco. Ha muerto. Asesinada por vuestros hombres.
— ¿Qué?
El cardenal se levantó como impulsado por un resorte. A menos que fuera un comediante genial, su sorpresa era genuina. Beaufort no lo esperaba, y experimentó un amargo placer: no estaba al alcance de todo el mundo conseguir sobresaltar a la impenetrable estatua del Poder. Pero el placer fue breve. Recubierto de nuevo de hielo, Richelieu volvió a tomar asiento.
— Espero una explicación. ¿A quién acusáis, en concreto? Y ¿de qué?
— Al teniente civil Laffemas y a un antiguo oficial de vuestra guardia: el barón de La Ferrière. ¿Lo que han hecho? El primero raptó a Mademoiselle de l'Isle aquí mismo, cuando salía de una audiencia que vos le habíais concedido. En lugar de llevarla de nuevo a Saint-Germain, como anunció a los presentes, la forzó a beber una droga y la llevó al castillo de La Ferrière, cerca de Anet, donde hace años fueron asesinados su madre, su hermano y su hermana… por el mismo Laffemas. Allí se preparó un simulacro de matrimonio con el barón, después de lo cual La Ferrière cedió sus derechos de esposo (si es que poseía tales derechos) a su cómplice y dejó que éste violara brutalmente a la pobre Sylvie antes de regresar a París.
El cardenal tendió la mano hacia una jarra con agua, llenó un vaso y lo bebió de un trago.
— ¡Continuad! -ordenó.
— Herida en el cuerpo, pero aun así no tanto como en el alma, la pobre niña (recordad que sólo tenía dieciséis años) consiguió escapar de su suplicio y huyó a través del bosque descalza y en camisa a pesar del frío… Así la encontré.
— ¿Es una costumbre que tenéis? ¿No la habíais recogido ya una vez en parecidas circunstancias?
