
Sin embargo, fue a caballo y acompañado por un solo escudero como llegó el marqués d'Autancourt. Marie, que le había visto llegar, se las arregló para encontrarse con él. Le había tomado simpatía desde que se declarara enamorado de Sylvie y, al verle acercarse a lo largo de la gran galería, delgado y elegante como de costumbre en un traje de terciopelo azul oscuro, pensó que la vida estaba mal hecha: aquel muchacho amable, guapo y encantador desde cualquier punto de vista, rico y heredero de un título ducal, lo tenía todo en el mundo para ser feliz, pero el destino le había colocado en el camino de Sylvie, y Sylvie ya no existía. La huella de la pena marcaba aquel rostro joven, algo severo pero seductor cuando una sonrisa lo iluminaba.
Marie no lo había visto desde que se reuniera en el Rosellón con el mariscal-duque de Fontsomme, su padre, cuyas fuerzas habían acudido a reforzar las del príncipe de Condé. Ignoraba incluso que hubiese regresado, pero era evidente que sabía ya a qué atenerse. Se alegró visiblemente de verla y acompañó su saludo con una sonrisa triste.
— Sois la primera persona que encuentro, señora… y me alegro infinitamente de ello.
— No sabía que estuvierais de vuelta, pero supongo que el señor mariscal, vuestro padre, os ha enviado a expresar sus deseos de felicidad a la reina y a monseñor el delfín.
— En efecto, madame, pero, aunque vos seguramente lo ignoráis, mi padre nunca podrá doblar la rodilla ante su príncipe: se nos muere, y hacía falta una gran circunstancia como ésta para que yo abandonara la cabecera de su lecho.
— ¿Se muere? ¿Qué ha pasado?
— Delante de Salses fue alcanzado por fragmentos de metralla cuando, debido al fuerte calor, no llevaba puesta su coraza.
