— Es insensato.

— No. Es amor. Nunca he amado ni amaré más que a ella, y hasta que no la haya visto con mis ojos, repetiré que vive y sabré encontrarla algún día… Pero os estoy entreteniendo a vos, que tan preciosa sois para Su Majestad. Os pido mil perdones. El rey está aquí, según me han dicho, y voy a solicitar el favor de ser conducido a su presencia. Se alejó, dejando a Marie confusa y admirada ante un amor tan grande. Jean d'Autancourt no tenía nada de un visionario. Hablaba con tanta convicción, con tal seguridad que Marie sintió que sus certezas vacilaban. El no ofrecía ninguna explicación ni aportaba ninguna prueba: sencillamente sabía, Dios sabe cómo, y lo más curioso era que, en contra de toda lógica, Marie se sentía ahora inclinada a darle la razón.

Al día siguiente de aquella feliz jornada, Beaufort, en su apartamento del hôtel de Vendôme, escuchaba con cierta melancolía el alboroto de una ciudad presa de la locura. Desde la víspera, las campanas no paraban de tañir. En Notre-Dame cantaban un solemne tedeum. En las plazas se encendían hogueras, y en la que llevaba el nombre de Place Dauphine (del Delfín) había un concierto de oboes y gaitas. Desfilaban procesiones alegóricas presididas por las corporaciones gremiales. Había bailes casi por todas partes, y como delante de todas las mansiones aristocráticas se habían perforado barricas y el vino corría gratuitamente, por la noche, cuando estallaran los fuegos artificiales, los parisinos estarían borrachos como esponjas en honor de su futuro rey.

A François le habría gustado mezclarse con toda aquella agitación en torno a la cuna de un niño al que deseaba amar, pero su herida en la pierna, que le había roto la tibia, no le permitía recorrer las calles como tanto le gustaba hacer por la simple alegría de mezclarse con el pueblo llano, que siempre lo acogía con entusiasmo.



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