Las mujeres le encontraban guapo, y los hombres apreciaban su sencillez, generosidad y bravura. Y a todos les gustaba recordar que era nieto de aquel Vert-Galant cuyo recuerdo seguía gozando de tanta popularidad. De modo que aquel día se sentía un poco abandonado: su madre, su hermana, su hermano y sus mejores amigos habían acudido a Saint-Germain para ofrecer sus felicitaciones y sus mejores deseos. De todos modos, ni siquiera cojeando le habría sido posible acompañarles. Las órdenes de la reina, transmitidas a través de Marie de Hautefort, eran taxativas: en ningún caso debía aparecer en la corte antes de ser autorizado para ello. ¡Tal era el amargo precio que había de pagar por algunos momentos de felicidad, al parecer ya olvidados!

Acababa una melancólica partida de ajedrez con Ganseville-Brillet había ido a celebrar el acontecimiento en Notre-Dame, cuando un lacayo anunció a una dama que deseaba hablarle en privado. La dama no había querido dar su nombre, pero se anunciaba «de parte de Sus Majestades». Su corazón, entonces, brincó de alegría: ¡en aquel día de triunfo, Ana pensaba en él! ¡No cabía engaño, a pesar del plural!

Envuelta en una capa de seda ligera y con un antifaz del mismo color azul cubriéndole el rostro, la visitante entró sin decir palabra, pero bastó que el capuchón resbalara un poco y descubriera la frente pura y el magnífico cabello dorado para que él la identificara.

— ¡Madame de Hautefort! ¿Aquí, en mi casa… y en este día? ¡Qué inmensa felicidad!

Con un movimiento de los hombros Marie hizo caer su capa, mientras sus dedos retiraban el antifaz.

— No cantéis victoria, querido François. No vengo de «su» parte, sino únicamente de la mía; pero, en primer lugar, ¿estamos realmente solos?



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