François explotó una vez más.

— ¡Un convento! ¡Mi avecilla canora en un convento! ¡Moriría asfixiada!

— Al parecer -observó Marie, de nuevo con tono grave-, no es mucho más feliz en el refugio donde la habéis ocultado. La carta habla de ataques de desesperación. Se diría que la pobre niña ha intentado acabar con una vida que…

— ¿Creéis que no lo he entendido? No soy tan estúpido como pretende vuestro querido amigo… ¿Por qué, Dios mío, por qué? -François se cubrió la cara con las manos y, dejándose caer en un taburete, rompió a llorar.

Conmovida en parte por aquella explosión de dolor y por la angustia que reflejaba, Marie apoyó en su hombro una mano apaciguadora y dijo:

— Calmaos, os lo suplico, e intentemos mirar las cosas de frente…

— ¿Qué puedo hacer, si ni siquiera me es posible montar a caballo para ir a toda prisa allá…?

— En último término podríais viajar en coche, pero eso no arreglaría nada. En cambio, podríais pedir que os traigan algo de vino y unos mazapanes: no he comido nada en todo el día y me muero de hambre. Después me lo contaréis todo. Y para empezar, vuelvo a mi primera pregunta: ¿dónde está?

— ¡En Belle-Isle! -exclamó Beaufort mientras agitaba una campanilla que hizo aparecer a Ganseville-: Di que nos traigan vino y bizcochos.

Acompañó a Marie en su colación, y el calor del vino de España restauró algo su moral. Además, le pareció que sería un gran alivio compartir su secreto -que ya no lo era, ay, después de que el metomentodo de Gondi lo había descubierto- con aquella joven tan orgullosa y tan recta, que quería sinceramente a Sylvie y en la que podía confiar. ¿Por qué no lo habría pensado antes? Pero ¿cómo pensar con claridad bajo el dominio de la indignación, el dolor y la protesta?



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