— ¿Qué pasa ahora?

— ¡Qué manera de perder el tiempo! Deberíais preguntarme de quién es esta carta. Os lo diré enseguida. Permitid, mientras tanto, que os lea… Pero por favor, sentaos. Me resulta penoso veros dar saltitos sobre un solo pie, como una garza.

Sin esperar la reacción de François, leyó, luego de precisar que la carta venía de Lyon:

— «Antes de proseguir mi viaje a la ciudad de los Dogos cedo, querida amiga, a la necesidad imperiosa de daros un buen consejo que tal vez os parecerá oscuro, pero sé que sois tan aguda que no os será difícil encontrar el cabo del hilo. Decid al imbécil de B. que su protegida no está tan bien escondida ni tan a resguardo de los peligros como él cree. Además de los ataques de desesperación, de los que he tenido la felicidad de salvar su vida no sin estar a punto de perder la mía, es insensato confiar un ser tan encantador a una mujer naturalmente inclinada a detestarlo porque está secretamente enamorada de ese matasiete…»

— ¡Por todos los diablos del infierno! -rugió François, levantándose una vez más de su asiento de forma tan brusca que su pierna entablillada resbaló y a punto estuvo de hacerle caer-. Mataré a ese sacristán en cuanto vuelva a asomar por Francia su fea jeta…

— ¿Por qué os habéis sentido retratado? -susurró Marie con una sonrisa ingenua que hizo que Beaufort se pusiera rojo de furia.

— Y también lo he reconocido a él. Sólo un hombre en el mundo puede escribir tales infamias sobre mí: ese miserable del abate de Gondi, que el diablo se lo lleve…

— ¡Dejad de una vez de invocar a Satanás! ¿Queréis saber la continuación de la carta?

— Si sigue en el mismo tono…

— No. Está llena de alabanzas a mi persona. Me dice que habría sido preferible pedirme ayuda y confiarme el problema. Dice también que tal vez no es demasiado tarde para llevar a esa persona a un convento seguro en el que al menos su alma, si no su cuerpo, estará segura…



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