
— ¿Yo? ¿Cómo queréis que me aleje en estos momentos? Pero en el fondo, ¿qué tenemos que temer de inmediato? ¿El mal humor de Madame de Gondi, que debe de creer que Sylvie es vuestra amante y se dedica a hacerla sufrir?
— Ya no está en su casa. Cuando supe que el abate tenía intención de ir a saludar a su hermano antes de marchar a Italia, envié allí a Ganseville, que la instaló en un lugar apartado donde no tiene nada que temer de la duquesa, la cual en efecto la trataba muy mal. Nunca la habría creído capaz…
— ¡Como si conocieseis algo de las mujeres! ¿Ignorabais la inclinación que sentía por vos esa beata?
— ¿Con su actitud contrita y sus ojos bajos? Estaba a cien leguas de imaginar…
— El inconveniente con vos, querido François, es que siempre estáis a cien leguas de un montón de cosas. ¿Nunca habéis imaginado, por ejemplo, que yo podía sentirme atraída por vuestra persona?
— ¿Vos? ¡Qué agradable sorpresa!
— ¡Despacio! Si os hablo de ese pequeño acceso de locura, es porque ya pasó. Todo el mundo está expuesto a un brote de fiebre, pero el caso de Sylvie es distinto: nunca amará a nadie más que a vos. Es hora de que os preocupéis de sus sentimientos. ¿Olvidáis lo que escribe el abate? La salvó del suicidio.
— No, no lo he olvidado -murmuró François, de nuevo sombrío-. ¿Por qué llegó a ese extremo?
— Lo ignoro… Quizá porque se creyó abandonada por vos para siempre. Cuando os plantan en una isla agreste en el fin del mundo, supongo que es fácil tener esa impresión. Deberíais encontrar el medio de hacerle llegar una carta en que la tranquilizarais respecto de vuestro cariño. Y convendrá que, al mismo tiempo, la duquesa de Retz sepa que… el señor de Paul se inquieta por esa niña perdida, ya que desearía… ¿ganarla para la religión, por ejemplo? -añadió Marie, inventando a medida que hablaba-. Eso debería calmar los ardores belicosos de nuestra beata. En el caso de una visita de los esbirros del cardenal, callará.
