
Esta vez François se echó a reír.
— Poseéis el genio de la conspiración, querida Aurora. La idea me parece buena, sobre todo porque se lo conté todo a Monsieur Vincent después de mi entrevista con el cardenal…
— ¡Perfecto! Pedidle que venga a asistiros en el triste estado en que os encontráis, e implorad su ayuda. No os la negará. En cuanto a conspirar, a fe que me siento muy dispuesta. Además de que la reina ya ha sufrido bastante, no hay que dejar que nuestra gatita se pase años marchitándose en aquella roca perdida. Pensaré algo…
Y después de ponerse de nuevo el antifaz, Marie de Hautefort tendió una mano en la que François posó los labios mientras con la otra recogía la capa de seda azul. En el momento en que salía, él preguntó:
— ¿Estáis segura de no amarme ya?
— ¡Qué fatuo! -exclamó ella y soltó una risita-. No, querido, ya no os amo: ¡sois un hombre demasiado complicado! Lo que yo necesito es un corazón sencillo…
Unos días más tarde, un cura muy ordinario, uno de los que Monsieur Vincent enviaba de misión a las regiones más miserables, salía de Saint-Lazare con un hatillo a la espalda. Su marcha no tenía nada de excepcional y no llamó la atención de nadie, pero sin duda aquel clérigo tenía un largo camino por recorrer, porque fue a tomar la diligencia de Rennes…
El mismo día, en el castillo de Rueil, al que había vuelto Richelieu, éste recibía a una de las doncellas de honor de la reina, Mademoiselle de Chémerault, tan bonita como astuta, dos cualidades que habían hecho de ella su mejor agente de información en el entorno de la soberana. Sin embargo, el cardenal no pareció complacido al verla.
— Os he recomendado que evitéis en lo posible veros conmigo, tanto aquí como en el Palais-Cardinal…
