– No tienes ni idea de lo que te pierdes -dijo Román sin pestañear. -Una mujer a la que deseas ver al llegar a casa, un cuerpo cálido en la cama y alguien que te quiere incondicionalmente.

Como fanáticos conversos, tanto Román como Rick, su hermano mediano que también se había casado hacía poco, no dejaban de predicar los beneficios del matrimonio. Pero a Chase no lo convencían.

– Créeme, puedo vivir sin eso, muchas gracias. El día que me sienta muy solo, me compraré un perro.

En sus sueños no entraban una esposa e hijos. Prácticamente había tenido que criar a sus hermanos, que, por mucho que los quisiera, habían sido unas buenas piezas. No necesitaba más locos bajitos en su vida. Desde que cumplió dieciocho años y su padre murió repentinamente, Chase había sido el hombre de la familia y su modelo a seguir. Había asumido la dirección del Yorkshire Falls Gazette y ayudado a su madre a criar a sus hermanos, funciones que nunca le habían molestado. Chase no era de los que volvían la vista atrás. Y ahora, con treinta y siete años, podía hacer por fin lo que quisiera con su vida, e intentar cumplir los sueños que había dejado en suspenso. Empezando por su viaje a Washington.


Rodeó a una pareja que avanzaba lentamente y siguió las indicaciones hacia el aparcamiento. Miró a Román. Seguía teniendo expresión alelada, y Chase esbozó una amplia sonrisa.

– Supongo que puedo llamar a mamá y decirle que vas por ahí como un padre orgulloso.

– No te molestes -dijo Román, alcanzándolo. -Cuando no estamos en Yorkshire Falls, llama por teléfono una vez al día y habla con Charlotte.

Chase asintió. Así era Raina, su madre, entrometida y orgullosa de serlo.

– Bueno, no sabes cuánto me alegro por ti. -Le dio una palmadita a su hermano en la espalda.

– Y yo me alegro de que, por una vez, hayas dejado el periódico en otras manos y hayas decidido dar prioridad a tu vida.



2 из 267