
Chase respondió con un gruñido. Al fin y al cabo, el chico tenía razón. Desde que se había hecho cargo del periódico no había delegado sus responsabilidades en el Gazette ni una sola vez.
– El coche está en el aparcamiento. -Román hizo una seña hacia donde tenían que ir y Chase lo siguió, aunque estuvo a punto de tropezar con un niño que había decidido echar a correr.
– Gracias por venir a recogerme -dijo Chase. Vio que el pequeño rebelde había sido ya acorralado por sus padres. Román y Rick tenían once y quince años respectivamente cuando su padre murió, es decir, eran lo suficientemente mayores como para ocuparse de sí mismos, y Chase no había tenido que hacerse cargo de ellos durante la infancia. Gracias a Dios, porque la adolescencia ya había sido lo bastante dura.
– ¿Qué tal está mamá? -preguntó Román.
– ¿A qué te refieres?
– A… su… salud.
– ¿Balbuceas por algún motivo? -inquirió Chase.
Román aceleró el paso, aunque permaneció en silencio. Chase tenía la impresión de ver girar el cerebro de su hermano en busca de una respuesta. Meses atrás, Chase había llevado a su madre a urgencias porque se quejaba de unos dolores en el pecho. Posteriormente, les dijo a sus tres hijos que le habían diagnosticado una grave enfermedad coronaria. Aunque ellos hablaron con la doctora, la confidencialidad médica les impidió averiguar nada más aparte de lo que Raina les había contado. Los tres habían revoloteado a su alrededor para asegurarse de que se cuidaba. Como Raina había restringido todas sus actividades, a Chase no se le ocurrió poner en duda el diagnóstico, hasta que empezó a observar incongruencias. Demasiado color en las mejillas para estar mal del corazón. Demasiadas dosis de antiácidos, o la última prescripción de un medicamento para el reflujo gástrico, que, si no se trataba, podía tener graves consecuencias. Y que subiese o bajase corriendo la escalera cuando pensaba que nadie la veía.
