
Así que hubo dado cuenta de la comida, colocó la bandeja en la mesilla al otro lado de la puerta, donde ella la retiraría. Monk volvió a la habitación, cerró la puerta y se sentó en una de las butacas con la intención de echar un vistazo al escritorio situado junto a la ventana del rincón, pero estaba tan agotado y se sintió tan cómodo entre los cojines que se quedó dormido.
Al despertarse, frío, entumecido y con agudos dolores en la espalda, se encontró a oscuras, por lo que trató de encender la luz de gas a tientas. Todavía se encontraba cansado, y de buena gana se habría metido en cama, pero la tentación del escritorio y el miedo que le acompañaba bastaban para quitarle el sueño por intenso que fuera.
Encendió la lámpara que había sobre el escritorio y levantó la cubierta. Se encontró con una superficie llana en la que había un tintero, un bloc de notas con tapas de cuero y una docena de pequeños cajones cerrados.
Empezó por la parte superior del lado izquierdo los fue revisando todos. Debía de ser un hombre metódico. Había facturas pagadas; unas cuantos recortes de periódicos, todos relacionados con delitos, la mayoría violentos, en los que se describía el brillante trabajo policial desplegado para resolverlos; horarios de ferrocarriles; cartas de negocios y una nota de un sastre.
¡Un sastre! O sea que era allí donde iba a parar el dinero, ¡indigente casquivano! Tenía que echar un vistazo a su guardarropa para ver cuáles eran sus gustos, aunque por la factura que tenía en las manos, por lo menos podía decir que eran caros. ¡Un policía quería parecer un caballero! Se echó a reír con ganas ¡Vaya, cazador de ratas cargado de pretensiones! ¿Eso era en realidad? ¡Un tipo ridículo! La imagen no era de su agrado y la apartó malhumorado.
