Transcurrieron largos y dolorosos momentos antes de que se le ocurriera mirar la dirección. Al hacerlo se llevó una aguda y extraordinaria sorpresa. Vivía en el condado de Northumberland. Repitió las señas una y otra vez, en voz alta. Eran palabras que le sonaban familiares, aunque no era capaz de situar el lugar. Tuvo que ir a la estantería, sacar un atlas para localizarlo. Tardó varios minutos en encontrarlo. El nombre del pueblo era minúsculo, estaba escrito con letras muy finas, situado junto a la costa. Era un pueblo de pescadores.

¡Un pueblo de pescadores! ¿Por qué vivía allí su hermana? ¿Estaría casada y se habría trasladado a aquel lugar después de su boda? El apellido del sobre Bannernian. ¿O quizás él mismo había nacido allí después se había trasladado a vivir al sur, a Londres? Se echó a reír estruendosamente. ¿No podía ser esa la clave de su vanidad? Era el hijo de un pescador de pueblo y tenía el prurito de hacerse pasar por loque no era. ¿Cuándo? ¿Cuándo había venido a Londres?

Se dio cuenta, sobresaltado, de que no sabía qué edad tenía. Todavía no se había mirado en el espejo. ¿Por qué? ¿Acaso tenía miedo? ¿Qué importaba el aspecto físico de un hombre? Sin embargo, la sola idea le hacía temblar.

Tragó saliva ruidosamente y cogió la lamparilla de aceite del escritorio. Entró despacio en el dormitorio y dejó la lámpara en el tocador. Allí tenía que p haber un espejo lo bastante grande como para permitirle afeitarse.

Estaba montado sobre un eje giratorio, razón por la cual no lo había descubierto antes, ya que su mirada sólo se había sentido atraída por el cepillo de plata. Dejó la lámpara y movió lentamente el espejo.

El rostro que vio reflejado en él era oscuro y de rasgos acusados, nariz ancha y ligeramente aquilina, boca grande, el labio superior más bien fino y el inferior más lleno, una vieja cicatriz justo debajo de la boca, ojos que eran de un gris intenso y luminoso vistos con aquella luz parpadeante. Era un rostro te enérgico, pero no fácil de desentrañar. Si en él había sentido del humor, tenía que ser un humor un poco avinagrado, más propicio al ingenio que a la carcajada. Podía tener entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años.



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