Cogió la lámpara y volvió a la habitación principal, encontrando el camino a ciegas, con el pensamiento puesto aún en aquel rostro que le había devuelto la mirada desde el espejo deslucido. No le había disgustado especialmente, pero era la cara de un desconocido, una cara difícil de descifrar.


Al día siguiente tomó la decisión. Emprendería el viaje hacia el norte e iría a ver a su hermana. Por lo menos ella le hablaría de su infancia y de su familia. A juzgar por las cartas y por lo reciente de la última fecha, su hermana seguía teniéndole cariño, lo mereciera o no. Le escribió una carta aquella misma mañana y en ella le dijo simplemente que había sufrido un accidente pero que ya estaba bastante recuperado y tenía intención de visitarla tan pronto como estuviera en condiciones de hacer el viaje, lo que esperaba fuera posible como máximo al cabo de un día o dos.

Entre las cosas que guardaba en el cajón encontró una modesta suma de dinero. Al parecer no era despilfarrador, salvo en dos cosas: el sastre, ya que la ropa de su armario era de corte impecable y la tela con que estaba confeccionada de primera calidad, y los libros… en caso de que los de la biblioteca fueran de su propiedad. Dejando aparte estos dos capítulos, había ahorrado de manera regular, aunque por alguna razón particular no llevaba las cuentas por escrito, pero esto ahora no importaba demasiado. Dio a la señora Worley lo que ella le pidió por un mes por adelantado -descontando la comida, puesto que no la consumiría mientras estuviera ausente- y le informó de que iba a Northumberland a visitar a su hermana.



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