
Seguía intentando recordar cuando, de pronto, vio sobre él un rostro sonriente que le habló en tono cordial.
– ¡Vaya! ¡Otra vez despierto!
Levantó la vista y contempló aquella cara de luna. Era un rostro ancho y chato, de piel agrietada, con una sonrisa que se abría, amplia, dejando al descubierto unos dientes rotos.
Intentó aclarar sus ideas.
– ¿Otra vez? -dijo confundido. Su pasado era como un sueño vacío de sueños, un blanco pasillo cuyo principio no se divisaba.
– Está perfectamente, ¿verdad? -dijo la voz con un suspiro, pero en tono alegre-. ¡Claro que no va a estar como unas pascuas de un día para otro, digo yo! No me extrañaría nada que se hubiese olvidado hasta de su nombre. Vamos a ver, ¿cómo está? ¿Qué tal el brazo?
– ¿Que cómo me llamo? Nada, ni un solo recuerdo.
– Sí. -Ahora la voz, además de alegre, sonaba paciente-. Eso, que cómo se llama.
Tenía que saber su nombre. ¡Tenía que saberlo! Se llamaba… transcurrieron unos segundos, pero seguía en blanco.
– Bueno, ¿qué me dice? -lo acució la voz.
Seguía esforzándose. Pero no le llegaba ningún recuerdo, sólo un pánico blanco, una especie de ventisca de nieve en el cerebro, unos peligrosos remolinos sin vórtice.
