¡No podía ser otra cosa! Con grandes precauciones volvió a tumbarse boca arriba y en cuanto su cabeza se posó en la almohada rellena de salvado sintió que un inmenso bienestar invadía todo su cuerpo. No sabía cómo había ido a parar a un sitio como aquél, en su memoria ni un jirón de recuerdo le indicaba que pudiera estar herido, si bien era indudable que así era, ya que notaba el brazo rígido y torpe y sentía un profundo dolor en el hueso. También advertía un gran dolor en el pecho cada vez que inspiraba. ¿Qué le había ocurrido? Debía de tratarse de un accidente de consideración ¿se habría derrumbado un muro sobre él, habría sido víctima de la violenta coz de un caballo, se habría caído de alguna altura? Sin embargo, no recordaba nada, ni siquiera haber sentido miedo.

Seguía intentando recordar cuando, de pronto, vio sobre él un rostro sonriente que le habló en tono cordial.

– ¡Vaya! ¡Otra vez despierto!

Levantó la vista y contempló aquella cara de luna. Era un rostro ancho y chato, de piel agrietada, con una sonrisa que se abría, amplia, dejando al descubierto unos dientes rotos.

Intentó aclarar sus ideas.

– ¿Otra vez? -dijo confundido. Su pasado era como un sueño vacío de sueños, un blanco pasillo cuyo principio no se divisaba.

– Está perfectamente, ¿verdad? -dijo la voz con un suspiro, pero en tono alegre-. ¡Claro que no va a estar como unas pascuas de un día para otro, digo yo! No me extrañaría nada que se hubiese olvidado hasta de su nombre. Vamos a ver, ¿cómo está? ¿Qué tal el brazo?

– ¿Que cómo me llamo? Nada, ni un solo recuerdo.

– Sí. -Ahora la voz, además de alegre, sonaba paciente-. Eso, que cómo se llama.

Tenía que saber su nombre. ¡Tenía que saberlo! Se llamaba… transcurrieron unos segundos, pero seguía en blanco.

– Bueno, ¿qué me dice? -lo acució la voz.

Seguía esforzándose. Pero no le llegaba ningún recuerdo, sólo un pánico blanco, una especie de ventisca de nieve en el cerebro, unos peligrosos remolinos sin vórtice.



2 из 394