
– ¡En fin, que no se acuerda! -La voz sonó estoica y resignada-. Ya me lo imaginaba. Pues mire lo que le digo, anteayer estuvo aquí la policía y dijeron que usted se llamaba Monk, William Monk. Pero hombre, ¿se puede saber de dónde sale, qué ha hecho usted para que lo busque la policía?
El hombre le arregló, solícito, la almohada con sus manazas y puso un poco de orden en las mantas.
– ¿Quiere que le traiga algo? ¿Una bebida caliente? Hace un fresco aquí dentro que nadie diría que estamos en julio, ¡ni que fuera noviembre! Voy a prepararle alguna cosita caliente o unas gachas, si quiere. ¿Qué me dice? En este momento está cayendo una que para qué le voy a contar. Siempre estará mejor aquí dentro que en la calle.
– ¿William Monk? -repitió el nombre.
– Eso mismo, bueno eso dijo la policía. Un tal Runcorn. El señor Runcorn, todo un inspector, no se vaya a creer. -Levantó unas cejas alborotadas-. ¿Qué ha hecho, si es que se puede saber? ¿No será usted uno de esos maleantes que andan sueltos por ahí birlando carteras y relojes de oro a los señorones?
– Hizo la pregunta sin sombra de censura, mirándolo con sus ojillos redondos y bonachones-. Si quiere que le hable con franqueza, no parecía otra cosa cuando lo trajeron aquí, porque iba con la ropa que daba lástima, toda sucia de barro, hecha jirones y cubierta de sangre.
Monk no dijo nada. Su cabeza estaba dando marcha atrás, le latía al intentar descubrir algún indicio en medio de tanta niebla, un recuerdo claro y tangible. Pero ni siquiera el nombre significaba nada. Ese «William» le resultaba vagamente familiar, pero era un nombre tan común… Cualquiera conoce a varios Wiliams, a docenas de ellos…
– O sea que seguimos sin acordarnos de nada-continuó el hombre con una expresión de cordialidad en el rostro, vagamente divertido.
Había sido testigo de todo tipo de miserias humanas y nunca había habido nada tan temible ni tan extraño que le hiciera alterar su compostura. Había visto a hombres morir de sífilis y peste, y hasta a algunos subirse por las paredes, aterrados por cosas que no existían en realidad. Que un hombre hecho y derecho no se acordara de lo que le había ocurrido ayer constituía para él una curiosidad, pero no era motivo de maravilla.
