– Me parece muy buena idea -dijo ella moviendo la cabeza con aire enterado-, porque hace un montón de tiempo que no le hace ninguna visita, suponiendo que le interese lo que pienso. No es que vaya usted a verla muy a menudo que digamos… claro que yo en esto no me meto. -Hizo una profunda aspiración.

»Que yo sepa no la ha ido usted a ver desde que está aquí… y de eso hace ya unos cuantos años. La pobre no hace más que escribirle… y que me maten si usted le ha contestado alguna vez.

La mujer se guardó el dinero en el bolsillo y miró a Monk con fijeza.

– Cuídese mucho, coma con regularidad y no se meta en embrollos persiguiendo a la gente. Si quiere seguir mi consejo, deje a los criminales en paz, aunque sólo sea para variar.

Y después de este consejo de despedida, volvió a alisarse el delantal y dio media vuelta acompañada del taconeo de sus botas en dirección a la cocina.

Era el día 4 de agosto cuando Monk tomó el tren en Londres y se dispuso a emprender el largo viaje.


Northumberland era una región vasta y desolada, azotada por el viento rugiente que se ensañaba en un paisaje sin árboles cubierto de oscuros brezales, aunque en la simplicidad de sus cielos agitados y de su tierra despejada había algo que seducía enormemente a Monk. ¿Sería que aquel paisaje le resultaba familiar, que despertaba en él recuerdos de su infancia, o se trataba sólo de su belleza que habría despertado en él una emoción semejante a contemplar las desconocidas llanuras de la luna? Se quedó un buen rato en la estación con el maletín en la mano, escudriñando aquellas colinas que se levantaban frente a él antes de decidirse a emprender el camino. Tendría que encontrar algún vehículo, ya que estaba a unos quince kilómetros del mar y de la aldea que tenía como destino. De haberse encontrado en condiciones normales de salud, habría recorrido el camino andando, pero todavía se sentía débil.

Cuando respiraba profundamente sentía un pinchazo en las costillas y todavía no podía usar con normalidad su brazo roto.



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