
—¿Dónde se ha encontrado con Catalina?
—¿Así es como se llama?
—Sí. Era hija de Diego de Susan, uno de los conversos más ricos de la ciudad y también una de las primeras víctimas de la Inquisición… Pero no me ha contestado.
—Disculpe. Ha sido en la Casa de Pilatos. Durante la fiesta que se celebraba en el patio y los jardines, he subido al primer piso para ver un cuadro que me interesaba. Ella estaba allí, delante de ese retrato, acariciándolo. Al verme ha huido, y yo la he seguido.
—¿El retrato era el de Juana la Loca?
—En efecto. ¿Existe algún vínculo entre ellas? Catalina va vestida igual.
—Sí, aunque las dos mujeres no se vieron nunca. La princesa tenía dos años en el momento del drama, y no es con ella con quien Catalina está encariñada, sino con la joya que luce. Seguramente se ha fijado en el medallón con un gran rubí engastado que lleva en el cuello.
—Sí, me he fijado —afirmó Aldo, aunque guardándose de precisar que eso era precisamente lo que quería examinar más de cerca.
—La infeliz está condenada a encontrar ese objeto para obtener su liberación…, pero es una larga y triste historia y se hace tarde, señor.
—Aun así, me gustaría escucharla. ¿No podríamos ir a algún sitio a tomar una copa de jerez o de manzanilla?
Mientras decía esto, hizo aparecer un billete entre sus dedos. El mendigo se echó a reír, dejando al descubierto unos dientes casi tan blancos como los de su interlocutor.
—¡Seguro que tendríamos un gran éxito, usted contraje de etiqueta y yo con mis harapos! De todas formas, aceptaría encantado ese dinero mañana, cuando vaya vestido de un modo menos llamativo.
—De acuerdo. ¿Dónde y cuándo?
—Aquí mismo. Pongamos… ¿hacia las tres? Es la hora de más calor y no habrá mucha gente. Lo esperaré delante de la capilla.
—¿Y adonde iremos?
—En ningún sitio estaremos más tranquilos que en ese jardín abandonado. Si no tiene miedo, claro.
