
—Al contrario. Incluso entraría de buena gana ahora mismo.
—No me obligue a repetir lo que ya le he dicho: no es aconsejable desafiar a las fuerzas desconocidas. Mañana se enterará… por lo menos de lo que yo sé. ¿Vuelve a la Casa de Pilatos?
—Sí, claro. Tengo la impresión de que llevo horas fuera.
—Venga. Le buscaré un coche para que lo lleve.
Al cabo de un rato, Morosini se reincorporó a la fiesta. Estaban cenando en el Jardín Grande, bajo los arcos floridos y las hojas de una vegetación casi tropical. El ruido de las risas y de las conversaciones sobre fondo musical llenaba la noche, y de pronto Morosini dudó sobre lo que debía hacer: ya no podía ponerse a buscar su sitio en la mesa, presidida por la reina; el protocolo no lo permitía.
Decidió esperar en el Jardín Chico, iluminado pero desierto. Allí se sentó en un banco cubierto de azulejos amarillos y se puso a fumar el contenido de su pitillera. Allí fue donde lo encontró una de las damas de la reina.
—¿Cómo es que está aquí, príncipe? Lo hemos buscado por todas partes. Su majestad incluso ha manifestado cierta preocupación. ¿Acaso se encuentra mal?
—Un poco, sí. Verá, doña Isabel, a veces sufro neuralgias muy dolorosas que me convierten en un compañero poco agradable. Me ha sucedido durante el concierto y por eso me he apartado…
Cuando se trata de un hombre seductor, hasta la vieja más arisca se vuelve comprensiva, y aquella mujer no tenía nada ni de vieja ni de arisca.
—Debería habérmelo dicho y haberse ido. Su majestad le aprecia mucho y no quiere verlo sufrir; yo habría presentado disculpas en su nombre… Y eso es lo que voy a hacer —añadió tras haber contemplado un instante el rostro crispado del príncipe—. Vamos a pedir un coche y lo llevarán al hotel. Yo me encargo de todo. Mañana vendrá al Alcázar a excusarse.
