—Yo no sé si el diablo vive aquí, pero esto presenta ciertas similitudes con un paraíso —observó Morosini.

—La pena es que no haya nada que beber —repuso el mendigo—. Estamos casi en tierras islámicas, y las huríes de Mahoma se mostraban más generosas.

—No hay más que pedir —dijo Morosini, sacando de una bolsa de viaje que llevaba consigo dos porrones de manzanilla envueltos en sendos paños húmedos para mantenerlos frescos y tendiendo uno a su compañero.

—¡Usted sí que sabe vivir! —dijo éste, echando la cabeza hacia atrás para enviar, con gesto experto, un largo chorro de vino al fondo de la garganta.

Aldo hizo lo mismo pero con más moderación.

—He pensado —dijo— que su memoria se sentiría más a gusto humedeciéndose un poco. Ahora, si le parece bien, hábleme de esa tal Catalina cuya belleza me impresionó.

—Siempre ha sido así. En el último cuarto del siglo XV era la muchacha más bonita de Sevilla y quizá de toda Andalucía. Y como su padre era muy rico, disponía de todos los medios para realzar esa belleza: se vestía como una princesa…

—Me dijo que su padre era un converso. Supongo que eso quiere decir convertido, ¿no?

—Sí, pero no uno cualquiera: un judío convertido. Desde que Tito saqueó Israel, nunca estuvieron los judíos tan a punto de construir una nueva Jerusalén como en la Edad Media y en este país. Su fracaso definitivo fue obra de Isabel la Católica. Para empezar, desempeñaron un papel importante en la venida de los sarracenos de África hacia el año 709 y fueron recompensados por ello. Durante el reinado de los califas, y pese a persecuciones intermitentes, alcanzaron su grado de prosperidad más elevado. Destacaban tanto en medicina como en astrología, y a través de sus correligionarios de África conseguían drogas, especias, todos los medios para practicar un comercio generador de riqueza… Pero debo de estar aburriéndole. Parece que le esté dando una clase de historia y…



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