
—Una clase absolutamente necesaria y muy interesante. Continúe, por favor.
Animado por estas palabras, el mendigo le sonrió, bebió otro trago, se secó la boca con una manga y prosiguió:
—Cuando los cristianos volvieron a ocupar poco a poco la península, los judíos siguieron viviendo tranquilos. El rey Fernando III, llamado el Santo cuando reconquistó Sevilla en 1248, incluso les dio cuatro mezquitas para convertirlas en sinagogas y los barrios más ricos para que se instalaran en ellos. Pero con dos condiciones: no insultar la religión de Cristo y abstenerse de hacer proselitismo. Lamento decir que no respetaron su promesa.
—¿Lo lamenta? ¿Por qué?
—Yo también soy judío —dijo el mendigo con sencillez—. Diego Ramírez, para servirlo. Y nunca me ha gustado que mis correligionarios observen una conducta reprobable. Pero es un hecho patente que violaron la ley todo lo que quisieron. Se habían enriquecido tanto que prestaban dinero a los reyes. Alfonso VIII incluso nombró a uno de ellos su tesorero, y de forma progresiva el gobierno pasó en gran parte a sus manos. Hasta se dice que la reina María, amenazada de muerte por su esposo si no le daba un hijo varón, cambió al nacer a la heredera legítima por un niño judío, el futuro Pedro el Cruel, que pasó largas temporadas aquí. Su muerte fue la primera desgracia para los hijos de Israel, pero los acechaba una desgracia todavía peor: la gran epidemia de peste, la Muerte Negra que exterminó en dos años la mitad de Europa. Las multitudes enloquecidas los hicieron responsables de aquello, acusándolos de haber envenenado los pozos. Pese a las amenazas de excomunión del papa Clemente VI, comenzaron las matanzas. Aquí, cuatro mil habitantes de la judería fueron exterminados, y los demás, obligados a convertirse.
