
Aldo le contó la breve escaramuza y la joven se echó a reír.
—Compréndalo, querido príncipe —dijo—, ha cometido usted un crimen de lesa majestad: ¡osar interrumpir la conversación que Don Basilio, que es como se le conoce, sostenía con su amada reina!
—¿Su amada…? ¿Significa eso que está enamorado del retrato?
—No, de la modelo. Yo incluso diría que es la gran pasión de su vida, desde la infancia.
—¡Vaya ocurrencia! No me imagino soñando con la imagen de una princesa tan sombría.
—Porque no es usted español. Reconozco que sobrecoge un poco, pero para muchos de nosotros es una mártir. Además, fue la última reina antes de que llegaran los Habsburgo: Carlos V, su hijo, y todos sus descendientes. Su matrimonio con Felipe el Hermoso representó una catástrofe para el país. En fin, volviendo a Fuente Salada, no cabe duda de que actualmente es la mayor autoridad en lo que se refiere a la historia de Juana.
—Lástima que sea tan desagradable; seguramente habría sido interesante charlar con él.
—¿Quiere que lo arregle? Venga, se lo presentaré. Siempre ha tenido debilidad por mí. Dice que me parezco a ella.
—Es verdad, pero usted es mucho más guapa. En cuanto al marqués, no tengo ningunas ganas de volver a aventurarme en unas aguas tan salobres. De todas formas, gracias por el ofrecimiento.
¡Cuánto lamentaba ahora haber rechazado la proposición! Se le ocurría un montón de preguntas para hacerle al tal Don Basilio. El nombre le iba que ni pintado; sólo le faltaba el enorme sombrero y la sotana de jesuita para ser igual que el modelo.
Al entrar en el salón de los Embajadores, cuya decoración y, sobre todo, la magnífica cúpula de madera de naranjo databan de la época de Pedro el Cruel, Morosini encontró una agitación absolutamente desacostumbrada. La reina todavía no había hecho acto de presencia, y en general se la esperaba charlando; pero esta vez predominaba una atmósfera de excitación entre todas aquellas personas vestidas de etiqueta. El centro del revuelo parecía ser la duquesa de Medinaceli, que manejaba con nerviosismo un abanico de plumas de avestruz negras. Aldo iba a acercarse a ella, pero la duquesa ya lo había visto y se dirigía hacia él.
