
—Príncipe, esta tarde he encargado que lo buscaran, pero ha sido imposible encontrarlo. ¿Ha visto ya a la policía?
—¿A la policía? No. ¿Por qué?
—Créame que lo lamento muchísimo, pero ha sido inevitable llamarla: ha habido un robo en mi casa. Se han llevado un cuadro de gran valor, el retrato de Juana la Loca. Quizá se fijara en él.
—¿Fijarme? Me interesaba muchísimo; incluso pensaba hablar con usted sobre él. ¿Cuándo lo han robado?
—Anoche, durante la fiesta, aunque no sabría decir en qué momento. Ah, aquí está su majestad… Sólo dos palabras: la policía me ha pedido la lista de invitados, incluidos los acompañantes de la reina.
La duquesa tuvo el tiempo justo para ir a ocupar su lugar y hacer la reverencia: Victoria Eugenia, sonriente y luciendo una diadema de brillantes, acababa de cruzar el umbral del salón. Doña Isabel iba detrás de ella, e instintivamente Aldo buscó a Don Basilio entre los invitados.
No le costó mucho localizarlo: Fuente Salada estaba justo enfrente de él, al otro lado de la estancia. Su actitud arrogante pero serena sorprendió a Morosini. La agitación se había calmado tras la entrada real, de acuerdo, pero aun así él debía de estar al corriente de un robo que tenía que haberlo sumido en un abismo de dolor. La idea de que su amada estuviera en manos de un vil bribón debía de resultarle insoportable. O quizás aún no supiera nada, en cuyo caso valdría la pena observar su reacción.
Mientras la reina hablaba con uno u otro grupo de invitados, Morosini se llevó a doña Isabel aparte.
